Conocí
a José en su juventud, casi adolescencia,
cuando Ernesto S. Montoya, el herrero de Orcera,
allá por 1980, u 81, andaba haciendo
la rejería para mi casa de Segura.
El muchacho trabajaba con él en el
taller y su talento artístico no le
había pasado desapercibido. José
Fernández, que debía contar
unos dieciséis años, tenía
realizados una serie de cuadros, en los que
asomaban ya el talento, la técnica
y la creatividad, realizados desde la más
pura autodidactia.
Fui a su casa a verlo y verlos, y la impresión
mía que mejor recuerdo fue la de sobrecogimiento,
fruto no de una experiencia estética
sino de una intuición filosófica
-el devenir del tiempo para el artista José
Fernández Ríos-, afortunadamente
errónea.
Me explicaré sin tanto enredo: ví
allí a un joven pintor con enormes
posibilidades pero al que su nacimiento y
residencia en una bellísima pero lejana
sierra, en un casi desconocido pueblo de Jaén
auguraba el peor de los futuros. Si ya es
difícil abrirse camino -artístico
y profesional- en una gran ciudad, con marchantes,
salas de exposiciones, ambiente pictórico,
público aficionado, prensa, etc., me
parecía mucho más que difícil,
imposible, lograrlo desde su situación
tan aislada.
Por tanto, era lógico que el corazón
se me encogiera y pensara con cierta tristeza.
Se me antojaba verdaderamente complicado que
el joven José pudiera desarrollar su
condición de artista de José
Fernández Ríos. Su porvenir
mas probable, dada la España recóndita
en la que vivía, la artística
y la geográfica, era el de un magnífico
artesano del hierro. Pero yo me equivoqué.
O erró el esperado destino y con asombro
para mí y también con enorme
gozo fui viendo aparecer al pintor RIOS.
Su desarrollo artístico ha sido posible,
sin duda precisando el mayor esfuerzo y el
mayor empuje guiado por su intuición
separado de quienes ejercen como maestros,
pero obteniendo él su propia maestría
de sí mismo, lo que a mis ojos resulta
impresionante, casi escalofriante, porque
ha sido hecha a base de un todo o nada, de
jugárselo en cada carta o cada paso,
sin más apoyo que su propia convicción
estética, su instinto artístico.
Esta sazón artística exige muchas
cosas que él ha ido logrando: madurez,
técnica, perfeccionamiento estético,
hondura emocional, equilibrio formal, con
voz y mirada propias. Y todo ello le ha abierto
constantes nuevos caminos, nuevos modos, nuevas
expresiones. Incluso lo ha llevado a campos
diversos, no solo pintura, si no además
escultura, artes decorativas, arquitectura...,
siendo su expresión más certera
su propio taller-vivienda, un compendio cabal
de todas sus artes.
Al tiempo, su carrera profesional comienza
a agrandarse. Sus producciones se exhiben
no solo en Jaén, sino que pueden conocerse
en resto de Andalucía, y van saliendo
fuera y llegando a Madrid, incluso a Houston
(EE.UU), donde realiza un mural que le abre
un interesante camino. Paralelamente comienzan
los Premios que vienen a dar reconocimiento
a sus logros y van cimentando
un sólido prestigio. Su mérito,
que es doble, llega a apreciarse.
Para un ser humano es particularmente grato
contemplar la riqueza artística de
otro ser humano, su proposición estética.
Para mí lo ha sido especialmente, lo
es cada vez más, la de José
Ríos, quizás por-que su muestra
artística viene envuelta en una tela
imperceptible de tiempo. Sus cuadros, sus
esculturas, sus ámbitos se me revelan
cuajados. Son toda una conquista: artística,
profesional y también humana. José
Ríos ha logrado de aquel Jose incipiente,
al certero artista Ríos.
Lola
Suardíaz