TRAGICOMIX
(texto para una exposición)
Nos
encontramos ante una nueva propuesta artística
de este fotógrafo jiennense, Alfonso Infantes
(Linares, 1953), que, esta vez, nos sorprende
con un arriesgado trabajo, fruto de una incómoda
reflexión. En la celda oscura y comprometida
de su laboratorio, entre la espada de un mundo
cada vez más desvergonzadamente inhumano
y la pared de la militancia en la resistencia,
se sitúa la denuncia de tanto desecho dado
por hecho y la renuncia del artista a dar el visto
bueno de la complacencia a tanto error justificado
y a tanto horror legalizado.
Alfonso, al releer la tragicomedia de este mundo
desde la lentitud reflexiva del objetivo de su cámara,
hace como aquellos lectores que crearon un nuevo
idioma con anotaciones al margen y nos ofrece sus
fotografías como glosas de análisis
y reflexión. Este mundo no está para
florituras, por más flores artificiales que
nos pongan en jarrones de publicidad; ni está
para dar saltos, cuando nos están haciendo
pedazos: aquí las comparaciones podrán
ser cada vez más odiosas pero los contrates
son cada vez más fuertes, y el norte se aleja
cada vez estrechando y redefiniendo sus límites
mientras el sur se precipita al sur ampliando la
gama de sus esclavitudes e impotencias.
Nos podemos creer jinetes de nuestra montura, pero
no dominamos las riendas del cuadrúpedo;
seremos los actores de la obra, pero no somos los
autores del guión; quizá sintamos
la satisfacción de tener un carnet de identidad,
pero el número a que somos reducidos nos
ha sido dado por quien hasta nos lleva el dedo para
controlar nuestras huellas dactilares. Podemos,
en definitiva, sentirnos sujetos individuales y
sociales, pero eso no será sino otra ilusión
más, consentida: en realidad, todo está
atado y bien atado: son los poderes -¿o el
mismo perro con distintos collares?- los que nos
tiene predeterminados para que nos sintamos poseedores
de lo que queramos cuando en realidad somos poseídos.
¿Estaremos sujetos a un calvinismo político?
Podrán ser nuestros los sentimientos de liberación
y residir en nosotros la base de la democracia,
mas no tenemos el control de lo que votamos; podremos
cambiar las formas, pero que no se nos ocurra tocar
el fondo donde se esconde un avispero con malas
pulgas; elaboraremos ideas como “revolución”,
“justicia” o “participación”,
pero pronto el poder las domesticará con
descaro hasta hacerlas “políticamente
correctas”.
Esta
es la tragicomedia de nuestra existencia, la paradoja
de los mismos derechos escritos sobre líneas
divergentes: estar en la soledad en medio de la
compañía, perseguir con más
rigor al trapicheo de la pobreza que a la corrupción
de la riqueza, llamarle mafia a las formas forzadas
de la subsistencia y magia al crecimiento rápido
de las superpontencias, que sea la baba y la Babia
del los programas del corazón los que marque
el pulso vital de una sucia sociedad, que la misma
cruz con la unos justifican sus guerras y coronan
sus victorias sea el símbolo del amor más
misericordioso, que la marquesina de los gobiernos
ampare “con voz propia” el desamparo
de los vecinos en la picota, que sean los juguetes
del nieto el marcapasos de la memoria, que el pan
nuestro de cada día no se corresponda con
el erotismo de los nuevos escaparates, que todavía
los miedos se escondan en los armarios, que la etimología
de los valores dependa de la estrategia de la rentabilidad...
Las
fotografías de Alfonso “apuntan y disparan”
hacia esas paradojas y contradicciones con las que
tan cómodamente “bienvivimos”.
Y para “facilitarnos” la reflexión
opta por el vehículo del cómic como
ejercicio intermedio entre la pintura y la fotografía,
donde el color tiene un valor secundario, pero el
gesto tiene la fuerza y la rapidez de los golpes
contundentes.
José Román Grima